GRAN OSO

   Las leyendas a veces nacen en el alma más inocente…y luego, de voz en voz, crecen. Se hacen fuertes y se dejan oír en la voz salvaje del viento o en la voz tibia de una abuela. Esa voz, la de la abuela del pequeño Guillermo, que él tanto extrañaba desde que ella se fue de viaje a las estrellas, era la que, en el silencio inmenso de su habitación, le recordaba aquella historia…
   Contaban que hace mucho tiempo, cuando aún los animales se acercaban confiados a los hombres, un crudo invierno azotó los poblados del Sur con tanta fuerza que no había fuego creado por el hombre que se mantuviese encendido. En cuanto aparecían las primeras luces tibias entre los troncos amontonados, el viento gélido o las nieves heladas se ocupaban de ahogarlo y hacerlo dormir. Los hombres y mujeres se agrupaban, apretujándose unos contra otros, pero ni así lograban calmar el frío que los hacía tiritar hasta los huesos. Los niños pequeños temblaban sin cesar y los ancianos temían por su suerte. Fue en la desesperación que los hombres invocaron al Gran Oso: protector del Bosque y sus criaturas. Cuando lo vieron aparecer entre los árboles, le rogaron ayuda para no morir congelados, pues el frío también había empezado a apoderarse de sus espíritus. Esa noche, un grupo de osos se acercaron a los hombres. Los niños, menos temerosos del contacto, fueron los primeros en abrazarse a los animales. Enseguida sintieron que cuánto más fuerte era el abrazo, mayor era el calor que irradiaban los pelajes de sus nuevos amigos. Esa noche y tantas otras que siguieron, hombres y animales durmieron cuerpo a cuerpo. Salvándose de aquel desolador invierno. Y como decía la abuela del pequeño Guillermo, así nacieron los abrazos de oso, que tanto dan refugio al cuerpo y al alma. Y en eso piensa Guille, cada noche, abrazado a su oso de peluche, mientras la abuela lo observa desde una estrella.

14 de Abril, 2020.
Silvana Alexandra Nosach